LA CASA DE LA MONEDA Y SUS MISTERIOS


Las excavaciones arqueológicas han permitido descubrir un complejo sistema para evacuar el agua usada por las ruedas así como los apoyos de la maquinaria hidraúlica

Ocho meses de trabajo han permitido a los arqueólogos de la empresa Groma desvelar numerosos secretos que guardaba el Real Ingenio de la Moneda de Segovia, una fábrica que inició su producción regular en 1586 y cerró sus puertas en 1868.

Las huellas de esos tres siglos de historia y las de la posterior fábrica de harinas que funcionó durante cerca de una centuria han quedado plasmadas en el inmueble, y ahora están siendo interpretadas por un equipo de expertos que no deja de sorprenderse cuando descifra alguna de las diferentes soluciones planteadas para intentar resolver uno de los problemas endémicos del edificio, el de la humedad. “Necesitaban la fuerza del agua para mover las ruedas, pero luego se tenían que librar de ella”, señala Amparo Martín antes de pasar a explicar el complejo sistema de alcantarillado descubierto, que evacuaba al río Eresma.

Aunque las excavaciones no han proporcionado una importante colección de monedas (“aparece alguna, no muchas, porque las defectuosas se volvían a fundir”, dice Martín), si que se han hallado los apoyos, tanto en el suelo como en los muros, de la maquinaria que albergó la Casa de la Moneda.

“El trabajo realizado —indica la arqueóloga Sonia Fernández—nos está permiiendo reconstruir la historia del edificio y la evolución que hubo en la fabricación de monedas”. A su juicio, los datos obtenidos permitirán una rehabilitación “bastante fidedigna” de la Casa de la Moneda tal y como fue concebida por el arquitecto Juan de Herrera. Aunque los trabajos arqueológicos suelen corroborar las fuentes escritas, en algunas ocasiones no es así, como ocurre con el plano de Francisco de Verea, de 1861, “que es un proyecto que no se ejecutó en su totalidad”, advierte Martín.

A falta de poco menos de año y medio para la conclusión de las obras, según una estimación de la UTE Volconsa - Velasco, la Casa de la Moneda va variando día a día su fisonomía, como consecuencia de la labor de cerca de treinta operarios que, entre otras intervenciones, han desmontado en su integridad la harinera que existió sobre el llamado “Edificio de Máquinas”, devolviendo a la construcción más emblemática del complejo su aire primigenio, o la restitución, la pasada semana, de la barandilla de piedra que delimitaba el patio bajo del alto.

En cuanto a las excavaciones arqueológicas, Groma se ha centrado hasta la fecha en tres de los principales edificios, los denominados “Ingenio Chico”, “Recocho” y “Edificio de Máquinas”.

Tres siglos acuñando moneda y otra centuria en la que la instalación funcionó como harinera

• Inicio Tras varias opciones para ubicar una Casa de la Moneda (Lisboa, Madrid o Toledo), finalmente se eligió como emplazamiento un molino situado sobre el río Eresma. Una vez realizada la compra del mismo, en septiembre de 1583, el rey Felipe II planificó una visita al lugar para reunirse allí con el prestigioso arquitecto Juan de Herrera. La obra comenzó el 7 de noviembre de ese año. El 1 de junio de 1585 llegó la maquinaria, y en cuatro semanas ya se había acuñado la primera prueba.

• Evolución. El Real Ingenio de Segovia se convirtió en la fábrica de moneda más avanzada de España. En el complejo, cada etapa de la cadena de producción contaba con un espacio definido, dotado de la maquinaria especializada adecuada. Como en las actuales factorías, la Casa de la Moneda producía millones de piezas idénticas. A lo largo de su historia, sufrió dos reconversiones. La primera fue dirigida en 1771 por Francisco Sabatini, y tuvo por objetivo acuñar a volante. La segunda reconversión tecnológica ocurrió en 1866, con el fin de fabricar moneda de bronce.

• Final. En 1868, la Casa de la Moneda de Segovia fue cerrada, al igual que la de Sevilla. Ambas estaban ya sentenciadas desde que en 1861 se inaugurara en Madrid otra Casa de la Moneda, con maquinaria movida por vapor. En 1869 se desmontó toda la maquinaria de la ceca de Segovia, llevando lo útil a la nueva fábrica de Madrid y vendiendo lo restante como chatarra. Luego, el inmueble se subastó, pasando a convertirse a fábrica de harinas.

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